miércoles, 18 de junio de 2014

EL SAPO Juan José Arreola


Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.
Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se ha operado en él. 
Es más sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.
Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo.

Topos

TOPOS  de Juan José Arreola
Después de una larga experiencia, los agricultores llegaron a la conclusión de que la única arma eficaz contra el topo es el agujero. Hay que atrapar al enemigo en su propio sistema.
En la lucha contra el topo se usan ahora unos agujeros que alcanzan el centro volcánico de la tierra. Los topos caen en ellos por docenas y no hace falta decir que mueren irremisiblemente carbonizados.
Tales agujeros tienen una apariencia inocente. Los topos, cortos de vista, los confunden con facilidad. Más bien se diría que los prefieren, guiados por una profunda atracción. Se les ve dirigirse en fila solemne hacia la muerte espantosa, que pone a sus intrincadas costumbres un desenlace vertical.
Recientemente se ha demostrado que basta un agujero definitivo por cada seis hectáreas de terreno invadido.

Los motivos del Lobo, Rubén Darío


El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo de Gubbia, el terrible lobo,
rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: ?¡Paz, hermano
lobo! El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: ?¡Está bien, hermano Francisco!
¡Cómo! ?exclamó el santo?. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?
Y el gran lobo, humilde: ?¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
Y no era por hambre, que iban a cazar.
Francisco responde: ?En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!
?Está bien, hermano Francisco de Asís.
?Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: ?He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios. ?¡Así sea!,
contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

*

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba en las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.
Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si tuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos lo buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.
?En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote ?dijo?, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.
Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:
?Hermano Francisco, no te acerques mucho...
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.

El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: Padre nuestro, que estás en los cielos...

viernes, 16 de mayo de 2014

Factor Letal, Philip K. Dick

EL FACTOR LETAL Philip K. Dick


Penetraron en la gran cámara. Al fondo, los técnicos se agolpaban alrededor de un inmenso tablero iluminado y estudiaban complejas configuraciones de luces que cambiaban rápidamente, formando combinaciones en apariencia interminables. Los computadores, manejados por seres humanos y robots, zumbaban sobre largas mesas. Diagramas murales cubrían cada centímetro de espacio vertical. Hasten miró a su alrededor, asombrado.
—Acércate y te enseñaré algo bueno —rió Wood—. ¿Reconoces esto? —indicó con el dedo una voluminosa máquina atendida por silenciosos hombres y mujeres vestidos con batas blancas.
—Desde luego. Es algo parecido a nuestro propio Sumergible, pero veinte veces más grande. ¿Qué recuperáis? ¿Y a qué época lo enviáis? —señaló el Sumergible, se agachó y aplicó el ojo a la mirilla, pero estaba cerrada; el Sumergible había entrado en funcionamiento—. Si hubiéramos tenido la menor idea de su existencia, Investigaciones Históricas habría...
—Ahora ya lo sabes —Wood se inclinó junto a él—. Escucha, Hasten, eres el primer hombre ajeno al ministerio que entra en esta sala. ¿Viste los guardias? Nadie puede entrar sin autorización; los guardias tienen orden de matar a cualquiera que trate de acceder ilegalmente.
—¿Para ocultar esto? ¿Una máquina? ¿Mataríais a...?
Se irguieron. Wood apretó las mandíbulas.
—Vuestro Sumergible bucea en la antigüedad: Roma, Grecia, polvo, legajos... —Wood palmeó el enorme Sumergible—. Éste es diferente. Lo protegemos con nuestras vidas, y es más importante que la vida de cualquiera. ¿Sabes por qué?
Hasten desvió la vista hacia el aparato.
—Este Sumergible no es para viajar hacia la antigüedad, sino... hacia el futuro. —Wood miró de frente a Hasten—. ¿Entiendes? El futuro.
—¿Estáis rastreando el futuro? ¡No podéis! Lo prohíbe la ley, lo sabéis de sobra. Si el Consejo Ejecutivo se enterara, reduciría este edificio a escombros. Conocéis los peligros. Berkowsky lo demostró en su tesis.
»No puedo entender que utilicéis un Sumergible orientado hacia el futuro. Cuando se extrae material del futuro se introducen automáticamente nuevos factores en el presente; el futuro queda alterado. Se inician una serie de trastornos interminables. Cuanto más te sumerges, más factores nuevos se crean, y acumulas condiciones inestables para los siglos venideros. Por eso se votó la ley.
—Lo sé —asintió Wood.
—¡Y continuáis insistiendo! —Hasten movió la mano en dirección a la máquina y a los técnicos—. ¡Basta, por el amor de Dios! ¡Basta de introducir elementos letales que no se pueden eliminar! ¿Por qué os empeñáis...?
—Vale. Harten, no nos leas la cartilla —le cortó Wood—. Es demasiado tarde: ya ha sucedido. Un factor letal se introdujo en nuestros primeros experimentos. Pensamos que sabíamos lo que hacíamos..., por eso te trajimos aquí. Siéntate. Te lo contaré todo.

Se sentaron uno enfrente del otro, separados por el escritorio. Wood entrelazó las manos.
—Iré al grano. Se te considera un experto, experto en Investigaciones Históricas. Eres el ser viviente que sabe más sobre los Sumergibles Temporales: por eso te hemos enseñado nuestra obra, nuestra obra ilegal.
—¿Y ya tenéis problemas?
—Muchos problemas, y cada nuevo intento de resolverlos los empeora. Hagamos lo que hagamos, la historia nos contemplará como la organización más nefasta.
—Empieza desde el principio, por favor —pidió Harten.
—El Sumergible fue autorizado por el Consejo de Ciencias Políticas; querían saber los resultados de algunas de sus decisiones. Al principio nos opusimos, siguiendo la teoría de Berkowsky, pero la idea era fascinante, como ya te debes imaginar. Aceptamos y construimos el Sumergible... en secreto, por supuesto.
»Hicimos el primer rastreo hace un año. Utilizamos un subterfugio para protegernos del factor Berkowsky: no cogimos nada. Este Sumergible no se halla equipado para extraer objetos; se limita a hacer fotografías desde gran altura. Recuperamos la película, ampliamos las instantáneas y tratamos de conjeturar las condiciones.
»Al principio, los resultados fueron alentadores. Ausencia de guerras, ciudades en expansión y de aspecto agradable. Las ampliaciones de escenas callejeras mostraban mucha gente, en apariencia felices. Caminaban con parsimonia.
»Después avanzamos cincuenta años. Mucho mejor: las ciudades habían disminuido de tamaño, la gente no dependía tanto de las máquinas. Hierba, parques. Las mismas condiciones generales: paz, felicidad, mucho tiempo libre. Menos frenesí, menos prisa.
»Continuamos adelante en el tiempo. Por supuesto que un método de investigación tan indirecto no podía proporcionarnos la menor certeza de nada, pero todo parecía ir bien. Transmitimos nuestros informes al Consejo, y decidieron seguir con sus planes. Y entonces sucedió.
—¿Qué, exactamente? —preguntó Harten, inclinándose sobre la mesa.
—Decidimos volver a visitar un período que ya habíamos fotografiado antes, unos cien años atrás. Enviamos el Sumergible y regresó con un rollo entero. Lo revelamos y contemplamos las imágenes.
Wood hizo una pausa.
—Y ya no era lo mismo. Era diferente. Todo había cambiado. Guerra... Guerra y destrucción por todas partes —Wood se encogió de hombros—. Nos quedamos atónitos; enviamos de regreso el Sumergible cuanto antes para confirmarlo.
—¿Y qué encontrasteis esta vez?
Wood cerró los puños.
—¡Un cambio todavía peor! Ruinas, ruinas sin fin, gente que se dedicaba al pillaje. Ruina y muerte por todas partes. Escoria. El final de la guerra, la fase terminal.
—Increíble... —musitó Harten.
—¡Pero eso no fue lo peor! Comunicamos las noticias al Consejo. Mandó cesar toda actividad y se embarcó en una conferencia de dos semanas; canceló todas las órdenes y anuló los planes basados en nuestros informes. Eso sucedió un mes antes de que el Consejo volviera a entrar en contacto con nosotros. Los miembros querían que probáramos una vez más, que enviáramos el Sumergible al mismo período. Nos negamos, pero insistieron. No podía ser peor, fue su argumento.
»Así que obedecimos. El Sumergible regresó y revelamos la película. Harten, hay cosas peores que la guerra. No creerías lo que vimos. No había rastro de vida humana.
—¿Todo había sido destruido?
—¡No! Ninguna destrucción. Grandes y orgullosas ciudades, carreteras, edificios, lagos, campos..., pero ni rastro de vida. Las ciudades vacías, funcionando mecánicamente, cada máquina, cada cable en su sitio. Pero ni un ser viviente.
—¿Qué pasó?
—Enviamos el Sumergible hacia el futuro, de medio siglo en medio siglo. Nada, nada en ninguna de las ocasiones. Ciudades, carreteras, edificios, pero ausencia de vida. Todo el mundo muerto. Plaga, radiación o lo que sea, algo les mató. ¿De dónde provino? No lo sabemos. Nuestras primeras investigaciones no lo detectaron.
»Pero, de alguna manera, nosotros introducimos el factor letal. Nosotros lo provocamos con nuestro aparato; no estaba cuando empezamos; nosotros fuimos los causantes. Harten —Wood le miró desde la máscara imperturbable de su rostro—. Nosotros lo originamos, y ahora hemos de averiguar qué es y desembarazarnos de él.
—¿Cómo lo vais a hacer?
—Hemos construido un Coche Temporal capaz de transportar un observador humano al futuro. Enviaremos a un hombre para ver qué ocurre. Las fotografías son insuficientes; ¡hemos de saber más! ¿Cuándo apareció por primera vez? ¿Cuáles fueron los primeros síntomas? Una vez poseamos estos datos, quizá podamos eliminar el factor, seguir su pista y erradicarlo. Alguien tendrá que ir al futuro y descubrir nuestro error. Es la única manera.
Wood se levantó y Hasten le imitó.
—Tú eres esa persona —dijo Wood—. Tú, la persona más competente en este campo, irás al futuro. El Coche Temporal aguarda ahí afuera, convenientemente custodiado.
Wood hizo una señal. Dos soldados avanzaron hacia el escritorio.
—¿Señor?
—Vengan con nosotros; asegúrense de que nadie nos siga —se giró hacia Hasten—. ¿Preparado?
—Espera un momento —vaciló Hasten—. Me gustaría obtener más información sobre vuestras actividades, examinar el Coche Temporal. No puedo...
Los dos soldados se acercaron más y miraron a Wood. Éste posó su mano sobre el hombro de Hasten.
—Lo siento, pero no tenemos tiempo que perder; ven conmigo.

La oscuridad se movía, caracoleaba y se contraía a su alrededor. Tomó asiento ante el tablero de control y se secó el sudor que cubría su rostro. Para bien o para mal, ya no podía echarse atrás. Wood lo había previsto todo: unas pocas instrucciones, los controles preparados y la puerta de acero que se cerraba a sus espaldas.
Hasten paseó la mirada en torno suyo. Hacía frío dentro de la esfera; el aire era fresco, cortante. Trató de concentrarse en los indicadores luminosos, pero el frío le incomodaba. Se acercó al armario y empujó la puerta. Una chaqueta forrada y un fusil desintegrador. Cogió el fusil y lo examinó durante unos instantes. También había herramientas, todo tipo de herramientas y accesorios. Acababa de devolver el fusil a su sitio cuando cesó el traqueteo. Estuvo flotando un horroroso segundo, flotando al azar, y luego la sensación se desvaneció.
La luz del sol penetró a través del ventanal e inundó el suelo. Cerró las luces artificiales y miró por la ventana. Wood había dispuesto los controles para que le trasladaran cien años en el futuro. Se asomó con un estremecimiento.
Un prado salpicado de flores y de hierba que se extendía hasta perderse de vista. Algunos animales pacían bajo la sombra de un árbol. Abrió la puerta y salió afuera. El calor del sol le confortó al instante. Comprobó que los animales eran vacas.
Permaneció mucho tiempo parado en el umbral, con los brazos en jarras. En el caso de que se tratara de una plaga, ¿habría sido causada por bacterias transportadas por el aire? Dio un paso adelante y afianzó el casco que rodeaba la cabeza. Sería mejor no quitárselo.
Volvió para recoger el fusil. Salió de la esfera y se aseguró de que la puerta permanecería cerrada durante su ausencia. Tomadas las precauciones necesarias, Hasten saltó sobre la hierba del prado. Se alejó de la esfera en dirección a una amplia colina que ocupaba una extensión aproximada de setecientos metros. Mientras caminaba examinó la muñequera sensora que le orientaría hacia el Coche Temporal si se extraviaba.
Llegó junto a las vacas, que se removieron inquietas y se apartaron. Percibió algo que le produjo un escalofrío: tenían las ubres pequeñas y arrugadas. Nadie las pastoreaba.
Cuando alcanzó la cumbre de la colina alzó los prismáticos y contempló una inacabable extensión de tierra, kilómetros y kilómetros de campos verdes que rodaban como olas hasta perderse de vista. ¿Nada más? Fue girando poco a poco para escudriñar el horizonte.
Se puso rígido y ajustó la mira. Muy lejos, a su izquierda, en el límite de su campo visual, se alzaban las vagas líneas perpendiculares de una ciudad. Guardó los prismáticos y aseguró los nudos de sus pesadas botas. Luego bajó por la otra ladera de la colina a grandes zancadas: el camino era muy largo.
Al cabo de media hora divisó unas mariposas. Danzaban y revoloteaban a la luz del sol, a pocos metros de distancia. Se paró a descansar y las observó. Eran de todos los colores, rojas y azules, moteadas de verde y amarillo. Las mariposas más grandes que había visto en su vida. Quizá pertenecían a un zoológico; quizá habían huido cuando el hombre desapareció de escena, aclimatándose a una vida más libre, más salvaje. Las mariposas remontaron el vuelo y se lanzaron hacia las distantes torres de la ciudad, sin reparar en Hasten. Desaparecieron al cabo de breves momentos.
Hasten reanudó su camino. Era difícil imaginarse el fin de la humanidad en tales circunstancias: mariposas, hierba, vacas paciendo a la sombra de un árbol. ¡Qué tranquilo y agradable se veía el mundo sin la raza humana!
Una última mariposa pasó rozándole la cara. Subió el brazo automáticamente para protegerse. La mariposa se estrelló contra el dorso de su mano. Hasten estalló en carcajadas...
El miedo le atenazó; cayó de rodillas, jadeando y sintiendo náuseas. Se acuclilló y hundió el rostro en la tierra. Le dolían los brazos, el terror le tenía paralizado; cerró los ojos para no marearse.
Cuando levantó la cabeza, la mariposa ya había partido en pos de las demás.
Yació un rato sobre la hierba. Luego se irguió poco a poco hasta ponerse en pie. Se desabrochó la manga de la camisa y examinó su muñeca. La carne estaba ennegrecida, tirante e hinchada. Levantó la vista hacia la ciudad. Ésa era la dirección que habían tomado las mariposas...
Volvió al Coche Temporal.
Llegó a la esfera poco después del ocaso. La puerta se abrió al contacto de su mano y Hasten entró. Se aplicó un emplasto en la mano y el brazo, y luego fue a sentarse en el banco, sumido en sus pensamientos. Miró su brazo herido. Una picadura accidental, por supuesto. La mariposa ni siquiera se había dado cuenta. Si toda la bandada...
Esperó a que anocheciera por completo y las tinieblas rodearan la esfera. Las abejas y las mariposas se ocultaban de noche, al menos en teoría. Bien, valía la pena arriesgarse. El brazo le dolía todavía y notaba un constante latido. El emplasto no había servido de mucho; se sentía aturdido. Su aliento olía a fiebre.
Antes de salir sacó todo el contenido del armario. Examinó el fusil desintegrador, pero acabó desechándolo. En seguida encontró lo que buscaba: una linterna y un soplete. Guardó el resto y se levantó. Ya estaba preparado..., aunque no estaba muy seguro de que ésa fuera la palabra correcta. Tan preparado como le era posible.
Salió a la oscuridad y encendió la linterna. Caminó con rapidez. La noche era oscura y desolada, sin más luz que la de unas pocas estrellas y la que llevaba consigo. Remontó la colina y bajó por la ladera opuesta. Atravesó un bosquecillo y desembocó en una llanura, siempre guiado por el resplandor de su linterna.

Al llegar a la ciudad estaba agotado. Había recorrido una larga distancia y respiraba con dificultad. Enormes y fantasmales siluetas se alzaban sobre su cabeza hasta hundirse en las tinieblas. No era una ciudad muy grande, al menos a primera vista, pero el diseño le resultaba extraño a Hasten, acostumbrado a perspectivas menos verticales y escuetas.
Atravesó la puerta de entrada. La hierba brotaba del pavimento de las calles. Hizo un alto para echar un vistazo. Hierba y maleza por todas partes y, en las esquinas, junto a los edificios, montoncitos de huesos y polvo. Siguió caminando con la linterna dirigida hacia los costados de los esbeltos edificios. El eco de sus pasos resonaba con un sonido hueco. No había otra luz que la suya.
Los edificios se espaciaban. Se encontró de repente en una gran plaza cuadrada rebosante de arbustos y enredaderas. Al otro lado distinguió un edificio de mayor envergadura que los demás. Cruzó la vacía y solitaria plaza, paseando la linterna de un extremo a otro. Aminoró el paso al reparar en un edificio situado a su derecha. Su corazón se aceleró. La luz de la linterna reveló una palabra expertamente grabada sobre el marco de la puerta: BIBLIOTECA.
Ni más ni menos lo que deseaba. Subió los peldaños que conducían al oscuro umbral. Los tablones de madera se doblaron bajo sus pies. Al llegar a la entrada se encontró frente a una pesada puerta de madera con tiradores metálicos. Al asirlos, la puerta cayó hacia él, se rompió en pedazos y se desparramó sobre la escalera. Un hedor a polvo y corrupción irritó su olfato.
Penetró en el interior y su casco hendió inmensas telarañas a medida que avanzaba por los silenciosos pasillos. Eligió una sala al azar y no descubrió más que montoncitos de polvo y fragmentos grisáceos de huesos. Estantes y mesas bajas estaban apoyados contra las paredes. Se acercó a los estantes y cogió unos cuantos libros. Se convirtieron en polvo entre sus dedos. ¿Sólo había pasado un siglo desde su propia época?

Hasten se sentó ante una de las mesas y abrió uno de los libros que se conservaban mejor. No reconoció el idioma, una lengua romance que le pareció artificial. Volvió una página tras otra. Decepcionado, reunió un puñado de libros y volvió a la puerta. De repente, su corazón se aceleró. Con las manos temblorosas se aproximó a la pared. Periódicos.
Pasó las frágiles y quebradizas hojas con todo cuidado y las sostuvo a la luz de la linterna. El mismo idioma, por supuesto. Titulares destacados en tinta negra: Se las compuso para enrollar los periódicos y sumarlos a su colección de libros, salió al pasillo y volvió sobre sus pasos.
Al bajar por la escalera le azotó el aire fresco. Contempló las casi imperceptibles siluetas que se alzaban a los lados de la plaza. Después la cruzó con toda clase de precauciones. Llegó hasta la puerta de la ciudad, salió a campo abierto y se encaminó hacia el Coche Temporal.
Anduvo durante mucho tiempo, sin descanso, con la cabeza gacha. El cansancio le obligó finalmente a detenerse para recuperar el aliento. Dejó su carga en tierra y examinó los alrededores. En el límite del horizonte apareció una franja gris. La aurora. La salida del sol.
Un viento frío se arremolinó en torno a él. Los árboles y las colinas empezaban a distinguirse a la incipiente luz grisácea, una silueta inflexible y rigurosa. Volvió la vista hacia la ciudad. Los abandonados edificios se erguían, sombríos y pálidos. Le fascinó la primera luz del día que hería las agujas y las torres. Los colores se difuminaron y la niebla se interpuso entre él y la ciudad. Se agachó y recogió su carga. Caminó con tanta rapidez como pudo, aterido de frío.
Una mancha blancuzca había surgido de la ciudad y flotaba en el cielo.

Después de mucho tiempo, Hasten miró hacia atrás. La mancha continuaba en su sitio..., pero había crecido. Y ya no era blanca; a la luz del día brillaba con muchos colores.
Aceleró el paso; descendió una colina y trepó a otra. Conectó su muñequera. Le comunicó en voz alta que no se hallaba lejos de la esfera. Movió el brazo y el sonido enmudeció. A la derecha. Se secó el sudor de las manos y prosiguió.
Unos minutos más tarde, divisó desde lo alto de un risco la esfera de metal resplandeciente posada sobre la hierba, recubierta por el rocío de la mañana: el Coche Temporal. Bajó la colina, resbalando y corriendo.
Acababa de abrir la puerta de un codazo cuando la primera nube de mariposas apareció sobre la cumbre de la colina, moviéndose en silencio hacia él.
Cerró la puerta, depositó su cargamento en el suelo y flexionó los músculos. Le dolía la cabeza y se sentía presa del pánico No tenía tiempo que perder: se abalanzó sobre la ventana y miró afuera. Las mariposas rodeaban la esfera, danzaban y revoloteaban, despedían chispas de color. Se posaron por todas partes, incluso sobre la ventana. Su visión fue interrumpida bruscamente por una masa de cuerpos centelleantes, suaves y pulposos, que batían las alas al unísono. Escuchó. Captó un sonido repetido y ensordecedor que surgía de todos lados. El interior de la esfera quedó sumido en la oscuridad cuando las mariposas cubrieron por completo la ventana. Encendió las luces artificiales.
Pasó el tiempo. Examinó los periódicos, sin decidirse a actuar. ¿Retroceder o continuar adelante? Quizá valdría la pena dar un salto de cincuenta años. Las mariposas eran peligrosas, pero tal vez no constituían el factor letal que buscaba. Se miró la mano. La zona muerta, negra y tirante, se expandía. Experimentó una punzada de preocupación; empeoraba, no mejoraba.
El ruido que producían las mariposas al rozar el metal le molestaba e inquietaba. Dejó los libros a un lado y paseó arriba y abajo. ¿Cómo podían unos vulgares insectos, aunque fueran tan grandes como ésos, destruir a la raza humana? Los seres humanos podrían acabar con ellos sin demasiadas dificultades: polvos, venenos, pulverizadores.
Una diminuta partícula de metal le cayó sobre el hombro. Se la quitó de un manotazo. Cayó una segunda partícula, seguida de menudos fragmentos. Dio un brinco, alzó la cabeza.
Se estaba formando un círculo sobre su cabeza. Otro círculo apareció a la derecha, y a continuación un tercero. Más círculos se formaban en las paredes y en el techo de la esfera. Se plantó de un salto ante el tablero de control y conectó los mandos. Trabajó febril, velozmente. Una lluvia de fragmentos metálicos inundó el suelo. Un corrosivo, alguna sustancia que exudaban los insectos. ¿Ácido? Alguna secreción natural. Se volvió cuando se desplomó un gran trozo de metal.
Las mariposas se introdujeron en la esfera como una exhalación. La pieza que había caído era un círculo cortado limpiamente. Ni siquiera tuvo tiempo de verlo; agarró el soplete y lo encendió. La llama succionó y gorgoteó. Apuntó en dirección a las mariposas y el aire se llenó de partículas ardientes que se derramaron a su alrededor; un hedor insoportable se adueñó de la esfera.
Cerró los últimos conmutadores. Las luces de posición parpadearon y el suelo tembló bajo sus pies. Tiró de la palanca principal. Un enjambre de mariposas pugnaba por introducirse en el aparato. Un segundo circulo de metal se estrelló en el suelo y dio paso a una nueva invasión. Hasten se encogió, retrocedió, levantó el soplete y roció de fuego a los incansables asaltantes.
Luego se hizo un silencio tan repentino y absoluto que hasta él parpadeó de sorpresa. Aquel roce insistente y continuado había cesado. Estaba solo, a no ser por una nube de cenizas y partículas que cubría el suelo y las paredes, los restos de las mariposas que habían irrumpido en la esfera. Hasten, tembloroso, se sentó en el banco; se hallaba a salvo y regresaba a su tiempo. Había descubierto el factor letal, sin duda alguna. Así lo demostraba el montón de cenizas y los círculos practicados en el casco de la esfera. ¿Una secreción corrosiva? Sonrió con amargura.
La última visión de la horda le había revelado lo que quería saber. Las primeras mariposas que se introdujeron en la esfera a través de los círculos portaban herramientas, diminutas herramientas cortantes. Se habían abierto paso con ellas; transportaban su propio equipo de trabajo.
Se sentó a esperar que el Coche Temporal completara su viaje.

Los guardias del ministerio le ayudaron a bajar del Coche. Pisó él suelo, vacilante, y se apoyó en ellos.
—Gracias —murmuró.
—¿Estás bien, Hasten? —se interesó Wood.
—Sí —asintió—, de no ser por la mano.
—Vayamos adentro.
Entraron en la cámara por una gran puerta.
—Siéntate —Wood agitó la mano con impaciencia y un soldado se apresuró a traer una silla—. Tráigale un poco de café.
Hasten bebió el café, y luego apartó la taza. Se reclinó en la silla.
—¿Nos lo vas a explicar? —preguntó Wood.
—Sí.
—Estupendo. —Wood tomó asiento delante de él. Conectó una grabadora, y una cámara empezó a filmar el rostro de Hasten mientras hablaba—. Adelante. ¿Qué averiguaste?
Cuando hubo terminado se hizo el silencio en la sala. Ni los guardias ni los técnicos hablaron.
Wood se levantó, temblando.
—Dios mío... Así que una forma de vida tóxica acabó con ellos. Ya me lo imaginaba, pero... ¿mariposas? Mariposas inteligentes que planean ataques, que crecen con rapidez y se adaptan sin dificultades.
—Es posible que los libros y los periódicos nos sirvan de algo.
—Pero ¿de dónde vinieron? ¿Una mutación que afectó a una forma de vida ya existente? Tal vez llegaron de otro planeta, tal vez fueron resultado del viaje por el espacio. Hemos de averiguarlo.
—Sólo atacaron a los seres humanos —indicó Hasten—. Se desinteresaron de las vacas. Sólo a la gente.
—Quizá podamos detenerlas. —Wood conectó el videófono—. Convocaré una reunión extraordinaria del Consejo. Les proporcionaré tus explicaciones y recomendaciones. Pondremos en marcha un programa, organizaremos equipos por todo el planeta. Aún tenemos una oportunidad. Gracias, Hasten, es posible que aún podamos detenerlas.
El operador apareció y Wood le entregó el número de clave del Consejo. Hasten, absorto, se levantó y paseó sin rumbo por la sala. El brazo le dolía mucho. Salió de la cámara y volvió hacia el Coche Temporal, que algunos soldados examinaban con curiosidad. Hasten les observó como atontado, con la mente en blanco
—¿Qué es esto, señor? —preguntó uno.
—¿Eso? —Hasten dio unos pasos adelante—. Un Coche Temporal.
—No, me refiero a eso —el soldado señaló algo en el casco—. Esto, señor. No estaba ahí cuando el Coche partió.
El corazón de Hasten dejó de latir. Pasó entre ellos y alzó la vista. Al principio no distinguió nada especial. sólo la superficie de metal corroída. Luego, un escalofrío le recorrió de pies a cabeza.
Había algo en la superficie, algo pequeño, de color pardo, peludo. Se adelantó y lo tocó. Una bolsa, una bolsa parda, pequeña y dura. Estaba seca, seca y vacía. Dentro no había nada; estaba abierta por un extremo. Advirtió en seguida que todo el casco del Coche estaba lleno de estos saquitos, algunos todavía llenos, pero la mayoría vacíos.
Capullos.
FIN
Título Original: Medler © 1954.
Edición digital: Daniel sierras de Córdoba.
Revisión y reedición: Sadrac.

Anthony Burgess La naranja mecánica (fragmento)

" El cheloveco que estaba sentado a mi lado -había esos asientos largos, de felpa, pegados a las tres paredes- tenia una expresión perdida, con los glasos vidriosos y mascullando slovos, como "De las insípidas obras de Aristóteles, que producen ciclámenes, brotan elegantes formaniníferos" Por supuesto, estaba en otro mundo, en órbita, yo sabía cómo era eso, porque lo había probado como todos los demás, pero en ese momento me puse a pensar, oh hermanos, que era una vesche bastante cobarde. Tú estabas ahí después de beber el moloco, y se te ocurría el meselo de que las cosas a tu alrededor pertenecían al pasado. Todo lo veías clarísimo -las mesas, el estéreo, las luces, las niñas y los málchicos- pero era como una vesche que solía estar allí y ya no estaba. Y te quedabas hipnotizado por la bota, o el zapato o la uña de un dedo, según el caso, y al mismo tiempo era como si te agarraran del pescuezo y te sacudieran igual que a un gato. Te sacudían sin parar hasta vaciarte. Perdías el nombre y el cuerpo, y te perdías tú mismo, y esperabas hasta que la bota o la uña del dedo se te ponían amarillas, cada vez más amarillas. Más tarde, las luces comenzaban a estallar como átomos, y la bota o la uña del dedo, o quizá una mota de polvo en los fundillos de los pantalones se convertían en un mesto enorme, grandísimo, más grande que el mundo, y era el momento que iban a presentarte al viejo Bogo o Dios, y entonces todo concluía. Gimoteando volvías al presente, con la rota preparada para llorar a grito pelado. Todo era muy hermoso, pero muy cobarde. No hemos venido a esta tierra para estar en contacto con Dios. Esas cosas pueden liquidar toda la fuerza y la bondad de un cheloveco. "


lunes, 19 de septiembre de 2011

“El mar” - Jorge Luis Borges




Antes que el sueño (o el terror) tejiera 
Mitologías y cosmogonías, 
Antes que el tiempo se acuñara en días, 
El mar, el siempre mar, ya estaba y era. 
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento 
Y antiguo ser que roe los pilares 
De la tierra y es uno y muchos mares 
Y abismo y resplandor y azar y viento? 
Quien lo mira lo ve por vez primera, 
Siempre. Con el asombro que las cosas 
Elementales dejan, las hermosas 
Tardes, la luna, el fuego de una hoguera. 
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día 
Ulterior que sucede a  la agonía. 

LO “INASIBLE” EN POESÍA



Heisenberg
Si quieres saber donde está un electrón
tienes que verlo
Para verlo
necesitas que la luz lo golpee
La luz
al contactar con el electrón
lo desplaza
Así que nunca sabes
dónde estaba el electrón